"La ley de Dios se divide en dos partes. La primera, la base fundamental, es la espiritualidad, es decir, cuanto se refiere a virtudes espirituales y cualidades divinas. Esta parte no cambia ni se altera; se trata del Sagrado de los Sagrados, la esencia de la ley de Adán, Noé, Abraham, Moisés, Cristo, Mahoma, el Báb y Bahá'u'lláh, esencia que perdura y es establecida en todos los ciclos proféticos. Nunca será abrogada, pues es la verdad espiritual y no material. La verdad es fe, conocimiento, certidumbre, justicia, piedad, rectitud, honradez, amor a Dios, benevolencia, pureza, desprendimiento, humildad, mansedumbre, paciencia y constancia. La verdad manifiesta misericordia hacia los pobres, defiende a los oprimidos, da a los desventurados e incorpora a los caídos. Estas cualidades divinas y mandamientos eternos nunca serán abolidos, sino que perdurarán y permanecerán por siempre jamás. Estas virtudes humanas se renuevan con cada ciclo, ya que al final de cada ciclo la ley espiritual de Dios, -o sea, las virtudes humanas- desaparece, y sólo subsiste la forma...
...Los fundamentos de la religión de Dios, siendo espirituales y formados por virtudes humanas, no admiten abrogación, son inamovibles y eternos, y se renuevan con cada ciclo profético.
La segunda parte de la religión de Dios, referente al mundo material, abarca el ayuno, la oración, las diferentes formas de adoración, el matrimonio y el divorcio, la abolición de la esclavitud, procedimientos legales, transacciones, indemnizaciones por homicidio, violencia, latrocinio e injurias. Esta parte de la ley de Dios relativa a asuntos materiales, sufre cambios y alteraciones en cada ciclo profético de acuerdo con las necesidades de los tiempos.
Lo que se quiere significar con la expresión Sagrado de los Sagrados es esa ley espiritual que jamás será modificada, alterada ni abrogada."
"La religión de Dios es solo una, y es la educadora de la humanidad, mas, no obstante, necesita ser renovada. Cuando plantas un árbol, su altura aumenta de día en día. Produce flores, y hojas, y sabrosos frutos. Pero después de un largo tiempo, se vuelve viejo y ya no produce ningún fruto. Entonces, el Labrador de la Verdad recoge la semilla de ese mismo árbol y la siembra en un suelo virgen; y he aquí el primer árbol, tal como era antes.
Observa atentamente que en este mundo de la existencia todas las cosas deben ser permanentemente renovadas. Contempla al mundo material en torno tuyo, y ve cómo ahora ha sido renovado. Los pensamientos han cambiado, los modos de vida han sido modificados, las ciencias y las artes muestran un nuevo vigor, los descubrimientos y las invenciones son nuevos, las percepciones son nuevas. ¿Cómo podría ser entonces que un poder tan vital como la religión -el garante de los grandes progresos de la humanidad, el medio mismo de lograr la vida sempiterna, el promotor de excelencia infinita, la luz de ambos mundos-, no sea renovada? Ellos sería incompatible con la gracia y la amorosa bondad del Señor.
La religión, por otra parte, no es una serie de creencias, un conjunto de costumbres; la religión son las enseñanzas de Dios nuestro Señor, enseñanzas que constituyen la vida misma de la humanidad, que impulsan a la mente hacia pensamientos elevados, refinan el carácter, y establecen el fundamento del honor sempiterno del hombre.
Observa: estas fiebres del mundo de la mente, estos fuegos de guerra y de odio, de resentimiento y de malignidad entre las naciones, esta agresión de pueblos contra pueblos, los cuales han destruido la tranquilidad del mundo entero, ¿pueden alguna vez calmarse por otro medio que no sean las aguas vivientes de las enseñanzas de Dios? ¡No, nunca!
Y además esto es evidente: un poder por encima y más allá de los poderes de la naturaleza debe imponerse, para transformar esta tenebrosa oscuridad en luz, y estos odios y resentimientos, estos aborrecimientos y rencores, estos interminables enfrentamientos y guerras, en confraternidad y amor entre todos los pueblos de la tierra. Este poder no es otro que los hálitos del Espíritu Santo y el poderoso influjo de la Palabra de Dios."
Abdul-Baha (1844-1921)
Texto tomado de los Escritos Bahá'í.